Las hijas de Sandino: una historia abierta Amana, Managua, Nicaragua, 1999

, by Margaret Randall

Capitulo 13 SOFIA MONTENEGRO

"¿Quién iba a confiar en una Montenegro?"

Sofía Montenegro no aparece en Todas Estamos Despiertas. Cuando yo llegué a Nicaragua, justo después del triunfo de la victoria revolucionaria de 1979, su nombre no era uno de los que escuchaba mencionar repetidamente mientras iba de un sitio a otro, de una mujer a otra, escuchando historias extraordinarias de fuerza y participación y siempre preguntando quien más estaba dispuesta a compartir su historia. Y sin embargo, Sofía había estado tan involucrada y activa como muchas de esas mujeres que había entrevistado hacía doce años. Hablando ahora con ella, conociendo los contornos particulares de su historia personal, no me resultó difícil entender por qué ella no había sido una de mis informantes originales. En ese tiempo, probablemente, Sofía era vista como un tanto iconoclasta, tal vez un pensamiento demasiado independiente, y no era el tipo de entrevista que le iban a sugerir a un periodista extranjero.

Para los sandinistas, el 17 de Julio es "El día de la alegría". Es el día que Somoza huyó del país, sólo dos días antes de que el victorioso ejército rebelde entrara a Managua, hace más de una década. Ahora todo ha cambiado. La alegría es forzada. Sin embargo, de alguna manera parecía apropiado que nuestra conversación se hubiera programado para ése día. El prolongado dominio de los Somoza en Nicaragua había tenido implicaciones especialmente complejas para la familia de Sofía. Su derrota significó un principio importante en la liberación de sus sueños, aún si hizo definitiva la trágica separación de aquellos más cercanos a ella.

Sofía era la responsable de la página editorial de Barricada, uno de los tres diarios más importantes de Nicaragua. El periódico había sido el diario oficial del FSLN a lo largo de todo el gobierno sandinista; después de la derrota electoral se ha redefinido a sí mismo como progresista, independiente. Además de esta responsabilidad ideológica de alto nivel - todavía poco usual para una mujer dentro de las filas del partido - Sofía es editora de Gente, un suplemento semanal que es provocativo y profundo: el mejor tipo de periodismo.

Cuando llegamos para hacer la entrevista, la gente del periódico nos dijo que había estado en su casa desde hacía varios días: se había lastimado la espalda. Pero nos había dejado dicho que fuéramos a su apartamento, una estructura de dos pisos poco común entre las típicas casas de Managua, construidas alrededor de patios interiores. Allí la encontramos, adolorida, pero dispuesta y lista a conversar. Se duchó rápidamente y cambió su kimono estilo japonés por un vestido de verano con diseño floreado. En ésta cálida mañana de julio, se había recogido hacia atrás con una banda elástica el largo pelo castaño a la altura del hombro. Los ojos de Sofía son lo que más llama la atención; son de color café líquido, a veces profundamente tristes, pero contienen una energía que te arrastra hacia una sofisticada inteligencia.

La inteligencia de Sofía es tanto femenina como feminista. Esta no es una mujer a la que uno le hace la pregunta "¿Se considera usted feminista?" Su análisis de género es tan ampliamente conocido como su conocimiento de los asuntos internacionales y su compleja comprensión de Nicaragua; de hecho, la ha representado más allá de las fronteras nacionales - en ensayos, artículos y entrevistas. La experiencia de su vida ha sido excepcionalmente rica.

Con una taza de café negro y un nuevo paquete de cigarrillos, Sofía se instaló en el suelo, apoyando la parte baja de su espalda sobre una bolsa de agua caliente sostenida por media docena de almohadas y cojines. Un cigarrillo tras otro rápidamente rebalsó el cenicero a su lado. Y comenzó a hablar...

Querés que empiece desde el principio. Bueno, tengo treinta y ocho años. Mi padre fue Mayor del ejército de Somoza: Alfonso Montenegro; murió en 1978. Y mi madre era la típica ama de casa nicaragüense, aunque a medida que voy envejeciendo creo que veo más cosas de mi madre en mí misma. Así que, ¿cómo definir mi vida? Podría decirse que yo llegué al sandinismo por la puerta trasera. Por otra parte, mi feminismo llegó antes; lo agarré casi instintivamente.

En 1930 mi padre luchó contra Sandino - qué demonio de herencia, ¿ah?. Y mi hermano mayor también era militar, el hijo mayor de mi padre y mi madre. El también peleó contra los sandinistas durante siete años. Cuando mataron a mi hermano, en 1979, había ascendido al rango de teniente coronel. Supongo que se puede decir que provengo de una familia de clase media alta, más o menos pequeño burguesa. Tanto la familia de mi madre como la de mi padre tenían algunas tierras. No eran ricos, pero nuestro estilo de vida era confortable.

¿Por casualidad, no fuiste a la Asunción?

No, afortunadamente eso no es parte de mi curriculum. Cuando era más joven, claro que fui a colegios religiosos. Pero con tantos hermanos varones... bueno, era lo que podríamos decir, una marimacha. Siempre estaba peleando por pertenecer a su grupo, para que me dejaran jugar con ellos. Y se puede decir que fue entonces que se nutrió mi feminismo infantil. Al menos visto retrospectivamente, me parece que mi primer descubrimiento de la diferencia, mi primera rebeldía fue en respuesta a la diferencia a la forma en que mi familia trataba a los muchachos y a las muchachas.

Yo era una niña enana, flaquita, de la que se podían aprovechar. Mis otras hermanas eran mayores, así que yo era ésta pequeñita persona femenina entre un montón de hermanos. Fue en ese contexto que empecé a escuchar una frase que marcaría mi crecimiento. Aunque teníamos una empleada doméstica, mi madre siempre cocinaba y planchaba. Me mandaba al mercado con la empleada. Y yo tenía que lavar mi ropa, que era algo que mis hermanos no tenían que hacer; o tenía que ayudar con el planchado, y esto era cuando todo tenía que ser almidonado.

Así que le preguntaba a mi madre, ¿por qué yo tengo que hacer todo esto y mis hermanos no? Debo haber tenido nueve o diez años, quizás menos. Y cuando le preguntaba a mi madre por qué yo, que era más pequeña y más débil que los varones, tenía que hacer todo el trabajo de ellos, ella, invariablemente, me contestaba con la misma frase: "Porque vos sos mujer". A veces lo decía enojada, a veces con una gran tristeza, a veces era una orden. Es algo que se ha quedado conmigo, toda mi vida. Poco a poco comprendí que haber nacido mujer significaba tener que comer mierda en cantidades industriales.

Pero nunca me rendí. Siempre me estaba rebelando. Y en vez de un padre tenía ocho, porque tenía siete hermanos. Todos me pegaban, todos me mangoneaban, todos entraban en éstos ataques de rabia y de celos cuando se trataba de tomar decisiones sobre mi vida. Y lo peor, cuando tenía catorce años me quitaron los patines, me bajaron de la bicicleta y me encerraron. Yo no entendía por qué pasaba eso, por qué ya no se me permitía jugar en la calle, por qué me quitaban mis pantalones cortos y mis zapatos tenis y me empezaban a vestir con lazos y encajes y sombreritos. Estaba furiosa.

Mientras crecía, sólo escuchaba hablar del Sandinismo en voz baja; mi padre y mi hermano mayor o mis otros hermanos, me hacían salir del cuarto porque esa era "plática de hombres". Mi hermano mayor era un ídolo en mi familia y en la casa era una persona muy amorosa - con todo y su historia trágica. Me enteraba por fragmentos de conversación. Y en las páginas de Novedades veía fotos de los cadáveres de aquellos a los que se referían como "los malos", que habían sido muertos por mi hermano y sus amigos. Esa fue mi introducción a los Sandinistas.
Y, sabés, mi padre era alguien que se sentía culpable de lo que hacía. Era un liberal, no en el sentido en que ese término se entiende en Estados Unidos, sino como entienden el liberalismo los franceses: un libre-pensador. Realmente cometió un error al meterse a la Guardia Nacional. Mi padre se avergonzaba de la monstruosidad en que se había convertido la Guardia. Al principio él creyó en todo eso de que la violencia era necesaria para terminar la guerra, lo usual; pero después vio las cosas más claramente.

Así que mi padre como que cayó en desgracia, a los ojos de otros miembros de la familia - tíos míos que también eran militares - y ante la misma guardia. Esto era algo de lo que nunca se hablaba en mi familia, pero creo que fue el año en que yo nací, la crisis de Abril de 1954: había algún tipo de conspiración, un golpe planeado contra Somoza; iban a matarlo o algo así. La cosa es que nunca pudieron probar nada contra mi padre, pero básicamente lo echaron de la Guardia.

Así que esos fueron momentos importantes en mis primeros años. Fuera de eso, era la típica vida de una niña muy controlada, con todas las rebeldías normales dentro de la casa. Y entonces ocurrió el primer incidente que significó un cambio. Para mí fue un cambio muy importante. Cuando la Guardia masacró a un grupo de sandinistas el 22 de enero de 1968, mi hermano mayor resultó herido, el mismo hermano que más tarde perdería su vida. Allí, al lado de la Casa de Gobierno, en esa esquina, recibió una herida de bala.

La masacre ya había sido perpetrada. Un par de mis hermanos, un poco mayores que yo, se habían ido a ver la manifestación conservadora. Creo que debo haber tenido unos trece años, más o menos. Y recuerdo algo que tendría un impacto tremendo en mí. Después leí algo similar en una novela de [Gabriel] García Márquez. Uno de mis hermanos, viendo la masacre en la que había sido herido otro de mis hermanos, se refugió en un edificio alto. Tuvo que pasar allí la noche porque declararon el estado de sitio, la ley marcial, era una situación de ése tipo.
En realidad, se vio obligado a pasar allí dos noches, y dice que personalmente fue testigo de cómo cargaron cuatrocientos cadáveres en camiones para llevarlos a sepulturas masivas. Él contó los cadáveres. Bueno, él regresó a la casa y contó ésta historia, y todo el mundo le dijo que se callara. Porque en el periódico, al día siguiente, me acuerdo bien, un cable de AP establecía el número de muertos en treinta. Pero mi hermano insistía que él había contado los cadáveres que estaban siendo cargados en camiones y que había centenares de ellos. Nunca supimos con certeza a cuánta gente habían matado; pero se me puso la carne de gallina. Años después leí una escena similar sobre un tren en una plantación bananera en una de las novelas de García Márquez.

Así que en 1968 empezó una tremenda discusión en mi familia. Siendo una niña pequeña, yo realmente no estaba incluida. Pero tengo una hermana que vive en Estados Unidos y ella empezó a presionar al resto de la familia para que me enviaran fuera del país, para apartarme de esa atmósfera de terror. Finalmente, mi padre estuvo de acuerdo. Así que fui a terminar el colegio en West Palm Beach, Florida. La idea era que terminara la secundaria y, si fuese posible, continuara a la universidad y, si fuese posible, me casara y nunca regresara. Y esa movida resultó ser importante para mí, porque fue entonces que empezó a explotar el movimiento feminista, los negros se estaban organizando y empezaban las manifestaciones contra la guerra de Vietnam. West Palm Beach no era precisamente Nueva York ni Chicago, pero yo veía en la TV mucho de lo que estaba pasando.

En los Estados Unidos descubrí mis primeras lecturas feministas, escritos por feministas de EE.UU. Ahora no recuerdo el nombre de la autora, pero nunca olvidaré el libro que cambió mi vida. Se llamaba Born Female. La misma frase que había oído una y otra vez a mi madre, solo que ésta autora me daba las explicaciones que mi madre había sido incapaz de brindarme. Con mi inglés a medias y el uso de un diccionario me volví loca; no entendí la mitad de lo que trataba el libro, pero lo que entendí fue suficiente.

Recuerdo que cuando terminé el libro lloré. Lloré por todas las mentiras que me habían dicho durante tantos años y también porque al fin supe que no era yo la que estaba loca; yo estaba bien. Siempre me habían hecho sentir que yo era rara, que era loca. Y de allí en adelante fue Marx, Engels... porque yo veía que cada tantas páginas había una cita de éste tipo llamado Marx y éste otro tipo llamado Engels. Con mi pobre inglés, repasando la bibliografía al final de ése libro, empecé a descubrir quienes eran estos hombres que hablaban de estas cosas. Así fue mi introducción al Marxismo.

Es por eso que cuando la gente me pregunta como me hice feminista, yo siempre digo, "al revés de casi todos los demás". Es porque ya era feminista que me hice sandinista. Generalmente, esa no ha sido la forma en que ha ocurrido aquí. Con una lista de lectura muy ecléctica y en un idioma que no era el mío, empecé a devorar todo lo que encontraba. Probablemente te acordás que en esos días ese material de lectura estaba literalmente prohibido en Nicaragua. No había forma en el mundo de que pudieras ponerle las manos encima a algo así. La lista de libros censurados era tan gruesa como la Biblia.

Así que regresé de West Palm Beach con mi incipiente comprensión del feminismo y con ésta nueva conciencia de que yo no era la loca. Eso es terriblemente importante. Porque si no hubiera aprendido eso tan pronto estoy segura que, al ritmo que iba, la misma búsqueda me hubiera destruido. Ahora entendía y estaba en capacidad de articular mi propia rebeldía dentro de la familia, dentro de los roles que le son posibles de desempeñar a una mujer.

Y también estaba mi experiencia del racismo en Estados Unidos. Mientras estudiaba allá, los primeros negros estaban siendo integrados a las escuelas públicas, al menos en Florida, y eso era difícil para mí. No estoy diciendo que en Nicaragua no haya racismo: claro que lo hay; es parte del tejido social. Pero es mínimo en comparación a Estados Unidos. El choque cultural y el choque de semejante racismo tan violento fueron difíciles. Nunca olvidaré un día que me estaba desvistiendo para la clase de gimnasia y un grupo de muchachas hicieron un círculo a mi alrededor. Algunas muchachas blancas a la orilla del círculo decían cosas como, "queremos saber si el tuyo es como el nuestro, porque vos sos de Nicaragua." Recuerdo que lo único que se me ocurrió fue preguntarles si creían que el mío era horizontal...

Mi hermana me defendía y logré salir adelante. Pero entonces veía cómo éstas mismas muchachas trataban a las muchachas negras en la escuela. Nadie se sentaba junto a ellas; se reían de ellas, se burlaban, les ponían apodos. Me hacían sentir terrible; sentía como si las burlas fueran contra mí. Y para entonces yo tenía mis amigas blancas, pero empecé a sentarme junto a las negras en el almuerzo. Y entonces las muchachas blancas se empezaron a meter conmigo; decían que yo no tenía necesidad de sentarme con ellas porque yo era morena. Decían que morena no era lo mismo que negra.

Así que empecé a meterme en problemas en la escuela por el trato a las estudiantes negras. Un día tuve una pelea con una muchacha blanca. Ella me pegó y yo le pegué de vuelta; se volvió un gran asunto. La escuela me suspendió, mi hermana tuvo que llegar a buscarme, ese tipo de cosas; y empecé a quererme ir de West Palm Beach, una comunidad pequeña en ese entonces. Empecé a decirle a mi familia, "me voy para la casa." Bueno, eso no estaba en los planes de mi padre ni de mi madre ni de mi hermana. Pero fui inflexible y finalmente tuvieron que dejarme regresar.

Y Sofía regresa a Nicaragua. Yo tenía entonces dieciséis, diecisiete años, una adolescente, mucho más madura porque había aprendido a vivir lejos de la presencia sobreprotectora y más bien autoritaria de mi madre. Y es entonces cuando puedo señalar con precisión una tercera experiencia que contribuyó a mi formación. Aunque había terminado la secundaria en Estados Unidos tuve que hacer otros dos años aquí, porque Nicaragua no reconocía mi diploma; lo consideraban deficiente. Tuve que ir otros dos años a una escuela nocturna para ganarme el diploma de secundaria nicaragüense.

Además, estaba obsesionada con la idea de conseguirme un trabajo. Así que empecé a buscar algo de tiempo parcial; y era extremadamente raro en ese tiempo en Nicaragua que una muchacha joven como yo, de mi clase social, trabajara tiempo parcial. Fue una lucha lograr que mis padres me permitieran trabajar. Pero finalmente me las arreglé. Y como ganaba mi propio dinero, yo me pagué esos dos últimos años de mi educación. Finalmente, llegó el momento de empezar la universidad.

Tengo un hermano del cual siempre he estado muy cerca; ahora él es arquitecto y vive en Panamá. Pero en aquel tiempo los dos queríamos ser artistas, pintores. Hablábamos de estudiar algo relacionado con eso y decidimos estudiar arquitectura. Yo decidí que quería ser arquitecto. En ese tiempo no era tan sencillo pasar los exámenes de ingreso a la universidad. Digamos que aplicaban 100 estudiantes y quizás entraban cincuenta. Mi hermano favorito y yo dijimos "Qué demonios, veamos que pasa." Y ambos tomamos el examen. Bueno, pues yo pasé y él reprobó.

Eso provocó una crisis familiar. Obviamente, como mi hermano no había pasado el examen tendría que escoger otra carrera o irse a estudiar al extranjero; pero mi hermano insistía que estudiaba arquitectura o nada. Y podés imaginarte la cantidad de carreras universitarias que estaban pagando mis padres para entonces; todos mis hermanos estaban estudiando. Puesto que insistía en la arquitectura y no podía entrar aquí, tendría que ir a estudiar a México o a Panamá. Pero no teníamos la cantidad de dinero para esa inversión, si estudiábamos ambos. Uno de los dos tenía que ser sacrificado.

Las discusiones fueron interminables. Yo argumentaba que se me debía permitir estudiar puesto que era yo la que había pasado el examen. Pero para no hacerte larga la historia, mis padres y mis otros hermanos se reunieron y decidieron someterlo a votación. El resultado fue que mi hermano iría a estudiar al extranjero y yo no estudiaría del todo. Lloré. Patee. Le pregunté a mi padre, que me amaba, cómo me podía hacer eso. Y nunca olvidaré su respuesta - la misma vieja frase, "porque vos sos mujer".

Mi padre me decía que él sabía que yo tenía razón, que yo era la que había pasado el examen. "Pero vos sos una muchacha", dijo. "Encontrarás a algún tonto que se haga cargo de vos. Tu hermano tendrá que mantener una familia." La típica cosa de los roles. Al final, se me negó la oportunidad de ir a la universidad, mientras a mi bello hermano lo enviaban a estudiar fuera; ahora él es arquitecto.

Así fue que me despojaron de mi educación. Y yo empecé a buscar qué hacer. Decidí que quería ser pintora; si no podía ser arquitecto, sería pintora. Fui a la escuela de arte y allí empecé a conocer gente - estudiantes y profesores - que estaban involucrados en la lucha política. Empecé a oír hablar del FSLN, que estaba comprometido en esto y aquello; y llegó el momento en que sentí que yo también quería involucrarme. Estaba furiosa con todos, de Dios para abajo. Sabía que me habían jodido porque era mujer. Y me daba cuenta que rebelarme en mi casa no me había llevado a ninguna parte. Todo el sistema era culpable. Estaba impaciente por destruir el sistema, empezando por mi propia familia.

Empecé a ver la revolución como una forma de deshacer toda la maldita mierda. Estaba clara de que la rebelión individual era absurda; sabía que teníamos que acabar con todo el negocio. Y entonces me dediqué a hacer justamente eso, con la leche del marxismo apenas mojándome los labios y mis incipientes nociones de feminismo. Eso provocó mi primera crisis verdadera. Dejé de pintar. Me dije, "Mierda, no quiero pintar el mundo. Quiero cambiar el mundo. Y la pintura no lo hará por mí." Estaba buscando mi arma, un arma apropiada para una criatura débil como yo. Quizá las palabras podían ser mi arma. Así que di un giro de ciento ochenta grados y decidí que quería entrar a la universidad, a estudiar periodismo.
Como mujer, me parecía que la única arma verdadera que tenía era mi boca y mi mano para la escritura. No podía verme a mí misma como la gran combatiente guerrillera. Pero no era solamente la noción de mi propia debilidad... mi apellido también se convirtió en una barrera terrible. ¿Quién iba a confiar en una Montenegro? Tener el apellido que tenía lo hacía todo mucho más difícil. Esas eran algunas de las razones por las que no me veía a mí misma como miembro del FSLN, tan organizado y metódico. Me veía más bien como una tiradora emboscada, una francotiradora, allá afuera sola contra el mundo.

Así es como sentía las cosas cuando empecé la universidad. Estamos hablando de 1976, 1977, y te acordarás que en ese tiempo el FSLN estaba en medio de un gran alboroto: divisiones, luchas internas, todo el lío. Fue un profesor de filosofía, Carlos Cuadra, el primero que se dio cuenta que yo quería participar en serio. Fue entonces que empecé a estudiar marxismo de verdad. Y fui una estudiante de 100. Por un lado, no entendía muy bien las tendencias dentro del FSLN y, por otro lado, en general los sandinistas no estaban muy entusiasmados de tenerme alrededor. La gente oía el nombre "Montenegro" y retrocedía rápidamente. Todos sabían quienes eran mi padre y mi hermano.

Ninguno de los distintos grupos sandinistas me quería pero Carlos estaba convencido de que yo era seria. Así que finalmente me reclutó en el MAP. En el proceso me hice maoísta, una ultraizquierdista total, una de esas rebeldes mortalmente serias. Para entonces también había conocido al hombre con el que después me casaría, un alemán mucho mayor que yo. Continué estudiando al mismo tiempo que participaba tiempo completo en la lucha.

A través de mi militancia en el MAP llegué a conocer algo de la situación política. Me estaba educando a mí misma, de una forma u otra, y entendí un poco mejor las propuestas del feminismo. Estaba leyendo. Tenía amigos que me pasaban libros furtivamente. Porque si hoy hay camaradas que consideran el feminismo sospechoso, en aquel tiempo era infinitamente peor. Cada vez que empezaba a hablar de la mujer, citando a Engels para que me apoyara, recibía de todos lados: "esas son nociones pequeño-burguesas. Las masas están primero", el viejo discurso.[Fue] mi primera experiencia con todo ese discurso miserable que la izquierda dogmática y ortodoxa empuja tan bien.

El discurso era que teníamos que tumbar el sistema, la dictadura y, una vez resuelto eso, habría tiempo para todo lo demás. Por la experiencia de mi propia familia yo entendía que todo el mundo estaba obsesionado con el problema de la dictadura. Si uno hablaba de feminismo la gente te veía como si fueras de Marte. Así que decidí simplemente seguir estudiando por mi cuenta. Si encontraba a alguien que parecía receptivo, le lanzaba mis ideas feministas.

Aunque Carlos Cuadra era miembro del MAP, su esposa era Sandinista. Ella estaba con la tendencia Proletaria, la facción más cercana al MAP. Todavía hoy no comprendo cómo esos dos se las arreglaron para vivir juntos, con sus diferencias políticas - ¡y siguen juntos! Llegó mil novecientos setenta y ocho y mataron a Pedro Joaquín [Chamorro]. Nosotros considerábamos a los Sandinistas unos aventureros, militaristas, y a los Terceristas ni les hablábamos.

Para entonces yo empecé a escribir en un pequeño periódico publicado por el MAP y el FO . Se llamaba Nueva Opinión Cultural. Me sabía de memoria el discurso del MAP. Creíamos que teníamos que organizar a los obreros en las ciudades, que el mandato era organizar al proletariado urbano. Los Terceristas eran los que inspiraban menos confianza de todos; los veíamos como unos militaristas totales, completamente locos.

Antes de la insurrección de 1978, yo recuerdo que le preguntamos a Cuadra y otros militantes más viejos, qué íbamos a hacer. Los Sandinistas estaban llamando a las armas a todo el mundo. ¿Nos íbamos a unir o no? Y nunca olvidaré su respuesta: dijeron que lo habían pensado mucho y llegado a la conclusión de que esto era una locura total; iba a ser una masacre. Pero tampoco podían impedirnos que fuéramos a combatir si queríamos. Y yo recuerdo haber dicho "¡ustedes son tan irresponsables como el que más! Nunca nos han entrenado siquiera para combatir. Además, esto no es una especie de picnic: si quieren ir son bienvenidos y si no, bueno, también está bien. Aquí no estamos hablando de una fiesta."

Así que eran tiempos bastante confusos. Para entonces yo estaba trabajando como traductora para unos periodistas extranjeros y pensé que a través de ellos podía averiguar algo de lo que estaba pasando en el país. Y así fue como termine observando la insurrección de 1978, a través de los ojos de esos periodistas. Vi las masacres perpetuadas por la Guardia Nacional, pero también vi el valor de la gente. Allí fue donde me dije, "los sandinistas tienen razón. Aquí no queda nada más por hacer que volarse este gobierno".

Y fue entonces que decidí que estaba perdiendo mi tiempo con un grupo tan tímido y gallo-gallina como el MAP. Después de la insurrección de 1978 renuncié y un grupo de compañeros renunció conmigo: por supuesto, nos llamaron "desviacionistas pequeño-burgueses". Después nos dimos cuenta que sí habían entrenado alguna de su gente, pero sólo aquellos de pura extracción proletaria. Al resto solamente nos estaban usando, aprovechando lo que podíamos ofrecerles y eso me dio rabia. Porque, me dije, " si yo estaba dispuesta a arriesgarme, ¿por qué tenía que ser una obrera genuina, bona fide, para que ellos me dieran entrenamiento militar?

Me crucé inmediatamente a los Sandinistas. O, más bien, la tendencia Proletaria del FSLN inició una política de reclutamiento hacia aquellos que habíamos dejado el MAP. Un día me visitó uno de sus emisarios, Chico Meza. Me preguntó si estaba interesada en colaborar y posteriormente ingresar al FSLN. Inmediatamente le dije que sí, y allí fue que empezó mi historia con el Frente.

Pero ellos realmente nunca confiaron completamente en mí. Seguí siendo una colaboradora por un tiempo. Aunque me había probado a mí misma docenas de veces, supongo que siempre estaba allí el sentimiento de que yo pudiera estar infiltrando la organización, por mi padre y mi hermano. Seguí siendo una colaboradora. Tenía una casa de seguridad; era chofer de Luis Carrión y Carlos Núñez, de muchos de ellos. Era correo, movía gente de un lado del país a otro, o a Costa Rica y me usaban para filtrar información a la prensa extranjera.

Para no hacer larga la historia, ése era el tipo de trabajo que yo hacía cuando llegó 1979. Para entonces, yo trabajaba vendiendo seguros para una compañía llamada American&British; aseguraban barcos. Mi clientela era bastante exclusiva y, como hablaba inglés, ganaba muy buen salario. Realmente era un salario magnífico para esa época; tenían esta mujer atractiva que hablaba buen inglés y mi clientela se componía de unos cincuenta hombres que tenían barcos y aviones aquí en Nicaragua, entre ellos Somoza.

Así que esa era una fuente de información importante: qué tipo de aviones y helicópteros había, quién los volaba y demás. Y yo informaba al FSLN - hasta que me pidieron que dejara mi trabajo. Me necesitaban para trabajar tiempo completo en el Partido, y para servirles como cobertura legal. Así que nunca fui clandestina; estuve legal hasta el final de la guerra. Debido a mi apellido tenía una considerable libertad de movimiento, podía ir y venir, conseguir información, hacer contactos.

Y lo más divertido - tragicómico, si uno se pone a pensar - era que todos estábamos muy compartimentados. Todos usaban seudónimos, todos pertenecían a su pequeña célula. Pero en 1979 perdí contacto con mi célula. Y el problema era que nadie más que esas cinco personas sabían que yo pertenecía al FSLN. Sí, para entonces ya era miembro, pero sólo esos cinco lo sabían. Así que fue duro. Cuando ganamos, la gente me volvió a ver como la hija de tal y la hermana de tal.

El 18 de julio capturaron a mi hermano. La victoria me encontró con el corazón hecho pedazos. Y la historia de mi hermano es bastante horrible. Su esposa y sus dos hijos estaban aquí. Yo traté de convencer a mi cuñada para que se fuera del país, porque resulta que yo escuché la última conversación de Somoza con mi hermano; la escuché en un escáner, por la radio. Somoza huyó el 17, el 18 arrestaron a mi hermano, y el FSLN entró a Managua el 19.

El 17 fui a buscar a mi cuñada para decirle que Somoza se había rajado. Nunca olvidaré esa escena, porque cuando llegué a su casa los encontré armados hasta los dientes: esa mujer con su hija de once años y su hijo de nueve años, simplemente esperando ser capturados. Y les pregunté que creían que estaban haciendo. "Estamos esperando morir", es lo que me dijeron. "Estamos esperando que vengan a matarnos." Siempre voy a ver esa imagen: la niña con su rifle, el niñito con su pistola, y su madre.

Me puse de rodillas. Les supliqué. Traté de convencerlos que a esas alturas mi hermano se había ido del país o estaba muerto. Pero su esposa quería salir a buscarlo. Había estado asignado al frente sur. Después de algunos ruegos, al fin pude convencer a mi cuñada de que al menos llevara a los niños al aeropuerto; siempre podía regresar más tarde a buscar a su marido. Fue un relajo de todas formas, porque lo que terminó ocurriendo fue que, en la confusión, al niño lo montaron en un avión cuyo destino era un campo de refugiados en El Salvador y la niña abordó otro avión que la llevó a Guatemala. Y cuando su madre trató de salir del aeropuerto, un oficial la reconoció y le dijo "¿adónde cree que va?" Y la obligó a subir a un tercer avión, y terminó en Miami. Quedaron separados completamente.

El 18 yo estaba en León. Allí es donde me encontró Dora María y me dijo, "tenemos a tu hermano"; y allí fue cuando la victoria se me hizo amarga. Me pregunté, "Dios mío, ¿por qué no se escapó? O ¿por qué simplemente no lo mataron?" La otra figura principal en toda ésta historia es mi madre, porque mi padre había muerto el año anterior. Y cuando estaba muriendo, la última cosa que le había rogado a mi hermano era que dejara la Guardia Nacional. Le dijo que Somoza iba a ser derrotado y le rogó que no defendiera el régimen, que no terminara cometiendo el mismo error que él había cometido.

Pero mi hermano rehusó hacerlo, cosa que en Nicaragua es una cosa bastante dramática de hacer, negarle al padre su último deseo. Encima de eso, mi hermano ya sabía que algunos de sus parientes - yo misma y algunos otros - nos habíamos unido al Frente, que estábamos en el otro bando. Y nosotros también habíamos intentado que desertara o que se fuera. De hecho, realmente estábamos hablando de política mientras mi padre yacía moribundo en el cuarto de al lado. Pero fue en esa discusión que yo perdí toda esperanza, porque hubo ésta declaración de parte de mi hermano que siempre recordaré. Él dijo, "Miren muchachos, en ésta habitación somos hermanos y hermanas. Pero si nos encontramos en la calle y ustedes tienen un arma y yo también, mejor disparen. Porque pueden estar seguros que yo lo haré." Eso fue todo; y supe que no había esperanza. Iba a morir como había vivido: un orgulloso miembro de la Guardia Nacional.

Así que habíamos tratado de preparar a mi madre para la posibilidad de que sus hijos murieran, en uno u otro bando. Habíamos tratado de hacerle ver que la muerte era lógica en la situación en que vivíamos; en medio de toda esa lucha hubiera sido ilógico imaginar que todos saldríamos con vida. Pero el problema con la muerte de mi hermano es que él no murió en combate: lo mataron en octubre de 1979. No sé si has leído el libro de Christopher Dickey ; él cuenta la historia de la muerte de mi hermano. Y es algo que me ha atormentado todos éstos años. Y me sigue atormentando.

En la última conversación telefónica que intercepté entre Somoza y mi hermano, mi hermano estaba suplicando que le enviaran refuerzos. Él estaba diciendo, "... a fin de ocupar esa colina." Se refería a una colina controlada por los sandinistas; había sido tomada por Edén Pastora. Y él estaba pidiendo tropas experimentadas, tropas que supieran combatir porque, decía, sus hombres no eran más que niños, sin el entrenamiento adecuado. Mi hermano quería que el dictador le enviara helicópteros, municiones y tropas de combate experimentadas. Somoza le aseguró que lo haría: "sólo aguanta allí," dijo. Y el hijo de puta huyó del país al día siguiente.

Así que a mi hermano no le quedó más alternativa que la retirada con unos trescientos guardias, y se abrió camino de regreso a San Juan del Sur. Prepararon dos barcos. El se quedó atrás con treinta hombres cubriendo la retirada del grueso de sus fuerzas, que salió en uno de los barcos. Los tipos que lograron escapar llegaron hasta el Golfo de Fonseca; lograron llegar hasta El Salvador y fueron el comienzo de lo que después se convertiría en el ejército Contra. Mi hermano y los treinta guardias que se quedaron con él abordaron el otro barco, pero no tenían suficiente gasolina. Y cuando se les terminó el combustible la marea los empujó de regreso a la playa. Había una columna Sandinista en la costa, así que su única opción era pelear desde ese barco sin gasolina o rendirse. Fue entonces que los capturaron y los llevaron a León.

Así encontré a mi hermano. Lo tenían en una escuela allá en León. Y allí fue que empezó a desdoblarse todo el drama familiar. El primer encuentro entre mi hermano y yo fue terriblemente doloroso, pero también muy digno. Me impresionó particularmente su dignidad ante la derrota. Dijo algo así como, "Perdimos. Soy un oficial de carrera y sé que perdimos. Ganaron limpiamente, y estoy preparado para lidiar con eso. Solo pido ser juzgado por leyes militares y que se respete mi rango." Me pidió que le consiguiera un buen abogado y que no quería que mi madre lo viera en el estado en que estaba. Y, por supuesto, me pidió que hiciera lo que pudiera por su esposa y sus hijos.

Pero fue imposible detener a mi madre. Y ese fue el principio de un auténtico calvario, un drama que sólo terminó el día que lo mataron: el 6 de octubre de 1979. Nunca fue juzgado; simplemente lo mataron. Mucha gente dice que lo ejecutaron. Mi opinión muy personal es que él provocó su propia muerte: una especie de suicidio. Mi hermano era extremadamente inteligente y muy orgulloso. Lo movieron de prisión en prisión. Era una de esas máquinas de guerra, entrenado por los EE.UU: un experto en contrainsurgencia, cinta negra en karate, paracaidista, alpinista, un "tiro fijo". Tenía treinta y ocho años cuando murió, y él y yo nos parecíamos mucho: la misma piel morena, el cuerpo delgado; tenía un cuerpo de acero.

Había pedido un juicio que correspondiera a su rango oficial pero también estaba preocupado de lo que eso significaría para mi madre. Probablemente estaba tratando de encontrar la forma de escapar; sé con seguridad que no era del tipo que hubiera aceptado la prisión tranquilamente. Fui a verlo en varias ocasiones, pero eso también era una lucha a muerte porque mi madre me rogaba - miles de veces, se ponía de rodillas y me suplicaba - que intercediera por él. Y yo tenía que decirle que no podía. Si intercedía por él, tendría que interceder por toda la Guardia Nacional. No podía hacer eso; no era ético.

Para entonces, la evidencia en su contra se había acumulado. La gente realmente venía donde mí y me decía con estas palabras, "tu hermano me torturó." Y estaba el asunto de Estelí. Teníamos películas de los noticieros, filmados por los propios camarógrafos de Somoza, que enseñaban a mi hermano montado en un tanque dirigiendo el ataque contra Estelí - donde volaron las casas con toda la gente adentro. Y mi familia es de Estelí. No había forma de que esa ciudad pudiera perdonar a uno de sus propios hijos amontonando esa clase de destrucción sobre ella! No veía cómo mi hermano podría salir con menos de treinta años.

Pero mi madre, en su limbo, no leía los periódicos; no veía la televisión, excepto las novelas. Y supongo que yo trataba de proteger a mi madre. Era una situación a lo Jeckyl & Hyde. Allí estaba mi maravilloso hermano que amaba a su hermanita y a quien yo amaba profundamente; y después estaba mi hermano que había torturado a la gente, que había disparado contra una ciudad indefensa. Para mí era una pura agonía, pero para mi madre era peor. En una situación como ésa, ¿qué puede hacer una madre? Yo puedo entender por qué trataba de que yo intercediera. Pero yo no podía. Le dije que ambos habíamos elegido nuestra posición conscientemente. Él peleó y mató por lo que creía, igual que yo. Le dije que él no tenía problemas con el resultado final, que lo había aceptado. Era ella la que tenía el problema.

Pero realmente para mí era un problema. Porque tenía que conseguir un salvoconducto cada vez que iba a verlo. La gente estaba alzada en armas, lista para tomar venganza contra cualquiera que ellos creyeran que compartía alguna responsabilidad por todo el terror y la muerte. ¿y quién puede culparlos? Los sandinistas, cuando descubrieron que mi hermano estaba preso, bueno, pensaron que quizás yo había sido una informante, infiltrada en sus filas. La Guardia, la gente de Somoza, me veía como una traidora a mi familia. Esos primeros seis meses después de la victoria dormí en un sitio distinto cada noche. Nunca sabía quien podía estarme esperando para halar el gatillo. Una situación de perdedora. Ambas partes me estaban despedazando. Siempre tenía miedo y también era muy doloroso porque, al fin y al cabo, ésta era mi revolución. Pero muchas personas no tenían eso muy claro.

Cuando mataron a mi hermano, me deshice. A fines de julio las cosas con los Sandinistas estaban empezando a enderezarse en mi vida. Uno de los compañeros, Leonel Espinoza, me recordó; sabía que, por mi apellido, me estaba cayendo de todas partes. Y me preguntó, "Hey, ¿vos eras estudiante de periodismo, no? ¿Todavía querés ser periodista? Le dije que sí, que era lo que más quería ser, pero que me conformaría con trabajar en la alfabetización, con lo que fuera. Entonces dijo, "Vení. Vamos a hacer un periódico".

La locura alrededor del hecho de que mi hermano estaba en prisión se estaba intensificando pero el 25 de julio me presenté en Barricada. Y fui a trabajar allí como secretaria, como mensajera, para lo que necesitaran. Barricada había surgido de las cenizas de Novedades, el periódico del dictador. Para entonces yo había estudiado dos años de periodismo y esperaba poder continuar estudiando en algún momento. En el nuevo periódico, no todos confiaban en mí pero la palabra de Leonel y de Carlos Fernando Chamorro me salvaron. Había un grupo de Terceristas, pero la mayoría éramos Proles. Y entonces llegó octubre.

Mi marido se había ido a Alemania. Yo me había quedado sola. Mi hermano estaba en prisión. Mi situación era aún dolorosamente ambigua respecto a que la gente realmente confiara en mí. Y entonces lo mataron. La historia es más o menos así. Estaban transportando a dos prisioneros en un camión, de León a Managua: mi hermano y otro torturador muy conocido llamado el Chele Aguilera. Los prisioneros iban atrás. Sus manos estaban atadas, pero no sus pies. En algún punto del camino, dice la historia, mi hermano luchó con sus pies y pateó a uno de los soldados que estaban de guardas. Entonces él y Aguilera se tiraron del vehículo y comenzaron a correr. Los tipos de adelante saltaron afuera y les dispararon; luego los terminaron de liquidar de un tiro en la cabeza.

Yo estaba en el periódico cuando me llegó la noticia y mi primer pensamiento fue para mi madre. Corrí a identificar el cadáver; ciertamente, era él. Tenía las heridas de las ráfagas de ametralladora y el tiro único en la base del cráneo. Pero uno de mis peores momentos fue cuando me acercaba al Chipote, el campamento militar donde tenían el cuerpo. Bajando por la calle en dirección al Hotel Intercontinental había un grupo de mujeres vestidas de negro, una procesión de unas doscientas mujeres, todas llorando. Al principio no pude entender que era lo que gritaban. No fue sino hasta que las tenía casi encima de mí que me di cuenta que eran las madres de los doscientos muchachos que el Chele Aguilera había asesinado en León. Pedían a gritos el cuerpo de Aguilera para amarrarlo a unos caballos y arrastrarlo por las calles de su ciudad. Me imaginaba que en cualquier momento iba a aparecer un grupo similar de madres pidiendo a gritos el cuerpo de mi hermano para arrastrarlo por las calles de Estelí. Estaba completamente frenética cuando finalmente logré llegar a donde estaba mi hermano, limpiarlo, lavarlo, peinarlo, envolverlo lo mejor que pude y llevarlo a la casa de mi madre.

Todo aquello fue horrendo. Porque encima de todo esto, había ocurrido otra cosa apenas días antes. Uno de mis superiores en el FSLN había sido Chico Meza, el compañero que me reclutó y que había sido muerto pocos días antes de que finalizara la guerra. Lo habían enterrado en la esquina de la calle, justo donde había caído. El Frente decidió que los compañeros que lo habían visto vivo por última vez debían ser los que lo desenterraran y le dieran un entierro decente. De hecho, había salido de mi casa cuando salió a morir, así que yo era una de esas personas.

Nunca antes había experimentado nada parecido. Eramos un pequeño grupo. Recuerdo a Julio López y no sé quienes más. Bueno, pues lo desenterramos, pusimos lo que quedaba de él en una bolsa y preparamos el entierro. Y fue el entierro de un héroe. Llegaron miles de personas; hubo cantos y canciones y fuegos artificiales. Chico Meza había sido como un hermano para mí, un hermano en las armas. Así que lo enterré, y una semana después me tocaba la tarea de preparar éste otro entierro, para mi hermano de sangre, el antihéroe.

Mi madre, que había tenido un principio de infarto al recibir la noticia, quería esperar a que vinieran todos los parientes de Estados Unidos; que pudiera venir la esposa de mi hermano: toda la familia. Pero todos estaban pasmados. Realmente, yo era la única capaz de funcionar. El médico de mi madre recomendó que enterráramos a mi hermano lo antes posible, en consideración a la precaria salud de mi madre. Así que simplemente tomé el toro por los cuernos y dispuse el entierro. No es necesario decir que casi nadie vino; éramos, lo más una docena.

Lo que más recuerdo de la procesión del entierro es cómo la gente cerraba las puertas de sus casas cuando íbamos pasando con el ataúd. Cerraban violentamente todas las puertas - y las ventanas. Casi no había nadie en las calles. Es una imagen que aún llevo conmigo. Y cuando llegamos al cementerio comenzó a llover, fuerte. Apenas a unos pasos de donde habíamos enterrado a Chico Meza días antes, enterramos a mi hermano. Era como algo salido de una película de Drácula.

Cuando regresamos a casa de mi madre, ella se levantó como sólo ella puede y dijo, "Bueno, acabo de enterrar a mi hijo. Ahora voy a enterrar a mi hija. ¡Salí de mi casa, asesina! No sé si podés imaginarte cómo me sentí. Ese fue el principio de una historia muy larga y problemática con mi madre.

¿Has podido hacer las paces?

No hasta que traté de suicidarme en 1984. Me quebré completamente. Estaba anoréxica, alucinando...

Sofía parece querer pensar unos momentos sobre la naturaleza de su colapso nervioso, para responder con algún análisis y también como un intento de recrear los sentimientos dolorosos de ésa época. Durante un rato, su voz se volvió más baja, más introspectiva...

Fue como si lo hubiera perdido todo, como si hubiera arriesgado demasiado como mujer consciente de su condición de género y también de su compromiso revolucionario. Había puesto toda el alma en esa lucha. Simplemente, me hice pedazos. Sucedió durante el proceso electoral de 1984.
Me sentía increíblemente sola y creo que esa sensación de aislamiento es algo que nunca perdí. No completamente. Quizás nunca lo pierda. Siempre me he sentido apartada de la otra gente, dolorosamente consciente de ser una mujer y una Montenegro. Aún así, pienso en mí misma como alguien con una gran determinación - terca, si querés, y perseverante. Toma el ejemplo del periódico: empecé allí como una especie de mensajera y a los seis meses estaba a cargo de la sección internacional. Mi francés era mejor que ahora, hablaba inglés, y trabajaba duro. Pero tenía tanto que superar.

Al principio recuerdo que salía con reporteros más fogueados a buscar mis primeras historias. En dos ocasiones separadas, cuando presentaba mi identificación, alguien preguntaba, "Espera un minuto, vos no sos la hermana del torturador?" Una vez alguien me escupió en la cara. Carlos Fernando, con mucho tacto, sugería que simplemente esperara que pasara; que hiciera trabajos menores en el periódico hasta que las emociones de la gente se calmaran y pudieran ser más racionales respecto a mí, pudieran confiar en mí por lo que yo era. Él entendió cuán vulnerable era yo. Y entendió que ya había pasado por suficientes cosas, sin tener que exponerme más.

Creo que mencioné que para entonces ya me había separado del alemán. Y ese fue otro proceso doloroso. Al principio habíamos acordado que él permaneciera fuera del país, en caso de que me capturaran, o en caso de que los Sandinistas no ganaran; siempre podía hacer más desde afuera. Pero no podía dejar de preocuparse de que me mataran. Y llegó al punto en que un día simplemente dijo, "Okay, ya has jugado a la revolución el tiempo suficiente. No hay ninguna razón para que tengas que quedarte en Nicaragua. Tenés el doble peligro de ser mujer y Montenegro. Ya has hecho suficiente por tu país. Has ayudado a derrotar a la dictadura; ahora deja que otros construyan la nueva sociedad." Y, por supuesto, yo me negué a irme. Llego al punto en que dijo, "La revolución o yo." La elección era clara. Le dije, "bueno, supongo que siempre habrá otros hombres. Pero otras revoluciones, ¿quién sabe?" Y ese fue el fin de nuestra relación.

Lo que estoy diciendo es que en un momento dado sentí que lo había perdido todo: mi casa, mi padre, mi madre, mi hermano, mi sentido de familia, mi esposo, absolutamente todo. Lo único que quedaba era ésta cosa en cierta forma abstracta y violenta llamada "revolución". La inversión emocional había sido enorme. Yo estaba consciente de mi desventaja como mujer, totalmente consciente de eso; y aceptaba la carga, pero también nunca dejé de luchar en el periódico para poner allí mis ideas, para tratar de cambiar las relaciones de poder. Yo creo que las relaciones de poder son diferentes ahora, pero ha sido un largo tirón.

En el camino, siempre hay quienes te ayudan. Muy al inicio había un Argentino, un tipo llamado Nacho González. Él fue el que me convenció de que podía escribir; me dio confianza en mí misma. Y Carlos Fernando, como ya dije. Dos hombres. Es interesante, pero no puedo recordar a ninguna mujer que en el trabajo hubiera influido tanto en mí como ellos. La situación de la familia de Carlos Fernando era similar a la mía, por supuesto. Aunque también había diferencias, claro. Yo era nadie, una nadie mujer con un hermano torturador; y Carlos Fernando era el hijo de Doña Violeta y Pedro Joaquín Chamorro, el gran político y periodista conservador. Pero ambos llegamos a la revolución con esa carga familiar, sin credenciales de clase proletaria, nada más que nuestra propia convicción personal de que uno hace lo que tiene que hacer, uno hace lo correcto, sin importar quien se atreviese en tu camino - aún si es uno mismo el que se termina atravesando en tu camino.

Pero te estaba hablando de 1984. Hubo aquella terrible masacre en Pantasma y yo había ido al área afectada. Era como un soldadito de plomo allá, trabajando noche y día - y con todo el dolor y las presiones que ya mencioné. Me trajeron de regreso de Pantasma como a alguien recién salido de Auschwitz, un esqueleto humano. Estaba viendo a un psicoterapeuta y me habían prescrito reposo por tres o cuatro meses. Pero entonces apareció el asunto de ese primer proceso electoral que el FSLN tenía que enfrentar. Así que dos semanas después de mi colapso nervioso estaba nuevamente trabajando diario de las 8:00 de la mañana hasta la medianoche.

El Partido decidió que Carlos Fernando fuera el jefe del recién reconstituido Departamento de Análisis y Propaganda [DAP], además de dirigir el periódico. Al DAP le encargaron la planificación de la campaña electoral. Tenía un grupo de compañeros trabajando con él y me quería a mí a bordo para hacerme cargo de las relaciones públicas fuera del país.

Yo ya estaba teniendo problemas con el Partido. Me resistía a su visión dogmática, ortodoxa y estrecha de las cosas. Y cuando bajé de las montañas, me suspendieron la membresía. Dijeron que era pretensiosa, arrogante y que hacía demasiadas preguntas. ¿Ves el cuadro? Quiero decir, no se me estaba castigando por ser cobarde, no se me estaba acusando de haber rehuido el combate, ni nada de eso. No. Dijeron que yo era "demasiado liberal". Y yo allí, teniendo un colapso nervioso.

De hecho, fue otra mujer la que sugirió que quizás yo no estaba lista para reasumir la responsabilidad de ser miembro del Partido. Pero al mismo tiempo, Carlos Fernando me había dado la tarea de diseñar la propaganda del FSLN fuera del país. Yo tenía que trabajar con un grupo de compañeros y, por supuesto, eran gente que se habían unido al Frente mucho después que yo. Estaba furiosa con la injusticia y era difícil mantener mi autoridad frente a aquellos que trabajaban bajo mi mando. Me volví muy rígida, muy dura con todo aquel que no hiciera su trabajo. Y luego fueron otras dos mujeres las que quisieron someterme a una especie de juicio, un proceso interno del Partido. Terminé rechazando al Partido en su conjunto. Fue durante ese tiempo que intenté suicidarme.

Pero como dije antes, también estaba viendo una sicóloga. Y ella me ayudó muchísimo, me ayudó a poner mis emociones en algún tipo de orden, a organizar y entender mi drama: la madre que me había rechazado, mi padre, mi hermano, el partido. El rechazo constante era mi cruz particular y nunca supe cargarla muy bien. La sicóloga me ayudó a ver que en vez de dirigir mi justa rabia contra toda esa gentecita que estaba haciéndome la vida miserable, la estaba dirigiendo hacia adentro, cometiendo una especie de hara-kiri.

Una vez más, estaba haciendo mi trabajo impecablemente, pero tenía lo que ellos llamaban "una mala actitud". Eventualmente, me despidieron. No tenía trabajo, no tenía al partido. Por un tiempo fui abandonada nuevamente, sin tener nada que hacer. Pero entonces terminé regresando a Barricada. La idea era, me dejarían trabajar pero al mismo tiempo estaba "siendo castigada". Es decir, estaba supuesta a hacer todo el trabajo de mierda que ninguno de los otros periodistas quería; y por supuesto, se me prohibía ocupar ninguna posición de importancia. La idea de Bayardo Arce era que volviera a trabajar humildemente mi trayectoria hacia arriba, empezando desde cero.

Debo decir que si bien Carlos Fernando aceptó formalmente ésta situación, hizo lo que pudo por hacerme las cosas más llevaderas. Empecé a trabajar otra vez, cubriendo las historias que nadie más quería cubrir. Y ¿qué pasó? Agarré una de esas historias que nadie más quería - Los Miskitos y la propuesta de autonomía de la Costa - y me metí en eso en cuerpo y alma. ¡La serie que hice ganó el premio de periodismo, en ensayo, en Cuba ese año!

Sin embargo, mis problemas no terminaron con ese premio. Una gran cantidad de la mejor gente del periódico estaba teniendo problemas en el ´86 y el ´87. Varios de nosotros habíamos cuestionado los abusos de poder de Daniel Ortega: Xavier, Marcio, Arqueles Morales y yo, con mi premio en mano. En un momento dado nos corrieron a todos. Y Carlos Fernando estaba tratando de hacer malabarismos con el periódico y el DAP. El periódico entró en una de las crisis más grandes de su vida.

Una vez más, Carlos Fernando vino a verme para que regresara a Barricada a ayudarle a arreglar el desastre. Pero ésta vez dije que no volvería y entonces fue que Carlos me ofreció la página editorial. La Dirección tenía su propio candidato, por supuesto, pero Carlos negoció su preferencia, prometiendo "controlarme" así como limitarme a una especie de carrera de prueba, para "ver que podía hacer". Esa fue otra guerra de política interna donde un grupo de compañeros me urgía a aceptar el puesto: "Si no lo tomás, van a poner a un estalinista allí, de seguro", decían. Y, por supuesto, habían muchos que estaban en contra de que me dieran la página.

Pero acepté. Reconstruí la página. Había pasado otra tormenta y permanecí al frente de la página editorial de Barricada hasta 1989. En 1989 todos estábamos más o menos claros que el FSLN necesitaba un profundo proceso de democratización y que nosotros teníamos la obligación, desde las páginas de su periódico, de abrir una discusión capaz de facilitar un proceso semejante.

Yo también estaba clara de algo más. Los sandinistas siempre hablaban del trabajo político-ideológico, pero yo estaba llegando a la conclusión de que estábamos haciendo mucho trabajo político pero casi ningún trabajo ideológico. No había ninguna discusión sobre aquello que se considera "privado": la vida cotidiana, los valores de la gente, la esfera del hogar (que también es, por supuesto, "competencia de la mujer").

Así que le vendí la idea a Carlos Fernando, quien a su vez se la vendió a la Dirección, de hacer un suplemento dirigido a los jóvenes y a la mujer. Así fue que nació Gente. Y abrimos ese espacio que gradualmente se ha vuelto tan ampliamente leído e influyente a lo largo del país. Pero para entonces ya habíamos perdido las elecciones de 1990.

En Nicaragua, tanto para los Sandinistas como para la oposición, las elecciones de 1990 marcaron un dramático antes-y-después. Para los Sandinistas, la pérdida electoral fue inesperada, inconcebible, y para muchos trajo con ella un profundo auto-cuestionamiento que bien puede describirse como una crisis de identidad colectiva. A pesar de sus errores, el FSLN había instalado en el país un gobierno que por primera vez ponía las necesidades de la gente antes que la codicia dinástica. Quería que Sofía pensara un momento sobre la época que condujo a la elección, a la pérdida misma, y a la forma en que esos eventos afectaron su vida:

Voy a ser honesta. Para mí era un hecho absoluto que el Frente ganaría. De lo que no estaba muy segura era de que ganaría por un margen muy amplio. De hecho, recuerdo a alguien del New York Times entrevistándome justo antes de la elección. Yo le dije, "Quiero que el FSLN gane, pero quiero que gane cincuenta y uno a cuarenta y nueve, algo así." Porque yo pensé que si el Frente ganaba por un buen número de votos, a ésta revolución se la comían los perros; toda la mierda se seguiría amontonando. Yo quería que ganáramos, pero por un margen muy estrecho, para que una visión más crítica tuviera alguna oportunidad.

Por supuesto que me sorprendí, como todos los demás. Y estaba aterrorizada de que se desatara una guerra civil, una guerra civil generalizada. Mis planes personales eran que, una vez que el FSLN hubiera ganado, me iría de Barricada. Me habían ofrecido una beca para estudiar un año en Inglaterra. Y pensé: "Un par de meses más y habré entrenado un buen grupo de gente. Podré dejar el suplemento en buena forma y entonces puedo zafarme." En octubre de 1990 planeaba estar en camino. Para mí era tiempo de hacer otras cosas. Quería dedicarme tiempo completo al movimiento de la mujer.

Pero, por supuesto, la derrota cambió todo eso. Cuando los sandinistas se despertaron esa mañana - pasmados, paralizados, en un absoluto estupor - el periódico fue prácticamente la única entidad capaz de responder. Esas fueron las ediciones más difíciles que jamás hayamos tenido que publicar. Las producíamos con lágrimas en los ojos. Pero era importante que dijéramos algo que tuviera sentido, que sacáramos algo que pudiera ayudar a la gente a entender lo que había pasado. Y yo creo que esa necesidad de responder políticamente me ayudó a aplazar mi propio colapso emocional.

En cierto sentido, tu vida personal se ha quedado un poco perdida hasta ahora en ésta historia. Quiero decir, tus sentimientos sobre el proceso político-ideológico en cuanto a cómo se conectan con tu vida está claro. Pero, ¿qué te estaba pasando en términos de relaciones, o la opción de vivir sola? ¿Cómo abordaste la necesidad personal de compartir y de compañía? Después que se fue el alemán, ¿qué pasó?

Después del alemán, hubo el típico "estalinista". Yo lo amaba y estoy segura que él también me amaba; pero terminó rechazándome como todos los demás. Siempre recordaré esa frase de él: "El amor es una debilidad política". Fue terrible. Después de esa relación, Carlos Fernando y yo estuvimos juntos un buen tiempo, pero era una relación muy difícil. Ahora está en mejor forma, pero en ese tiempo era bastante ambivalente sobre su familia y ambivalente conmigo. Y la ambivalencia era la última cosa que yo necesitaba. Carlos Fernando y yo hemos permanecido siendo buenos amigos y colegas, porque entre nosotros hay un respeto firme como una roca.

Después de mi intento de suicidio en 1984, viví con un norteamericano. Es una buena persona y fue una relación muy cicatrizante; siempre le estaré agradecida. Los dos éramos periodistas y teníamos toda clase de planes, toda clase de cosas que queríamos hacer juntos. Durante dos años fue maravilloso; casi me caso con él. Pero es interesante: me rescató cuando yo estaba en pedazos, pero una vez que pude volver a armar los pedazos - a medida que volví a ser Sofía Montenegro - cambió su actitud para conmigo. Cuando yo recuperé el control de mi vida, él se volvió posesivo, celoso, machista, inseguro. ¡Entre más segura de mí misma me sentía yo, más inseguro se sentía él!

Así es que tuve que salirme de esa relación. Se volvió loca, realmente terrible. Y es interesante porque yo siempre he sentido que los hombres son, básicamente, unos vampiros emocionales; son capaces de pegarse y chupar hasta dejarte seca, chuparte hasta sacarte la vida. Después de mi experiencia con éste hombre decidí hacer una de dos cosas: o me buscaría una amante mujer - tal vez tendría más suerte con las mujeres que con los hombres - o viviría sola, quizás con alguna relación ocasional. Hasta me compré un perrito. Me dije a mí misma: "éste perrito es capaz de amarme sin complicaciones. Ningún problema; simplemente amor puro y sin complicaciones.

Y entonces apareció éste tipo, el hombre con el que he estado viviendo ahora... hemos estado juntos los últimos cuatro años. Su nombre es Alejandro. Es nicaragüense, sandinista y para decirte la verdad yo ya había perdido la esperanza de que existieran aquí hombres así. Somos de la misma edad; él es divorciado y tiene sus propias cicatrices, su propia historia. Un macho dulce, este tipo - y abierto al cambio. Le gusta que yo sea feminista y le gustan mis amigas feministas. Alejandro dice que su esposa era una mujer muy tradicional y que era horrible vivir con alguien tan divorciada de sí misma, tan alienada. Él dice que nosotras las feministas estamos más en contacto con nosotras mismas, con lo que queremos de la vida, con lo que queremos hacer. Siento que al fin puedo tener una relación con alguien capaz de darme algún espacio. Va a durar mientras sea buena.

Sofía, cuando dijiste que si el FSLN hubiera ganado las elecciones de 1990, tus planes eran involucrarte tiempo completo en el movimiento feminista, ¿qué lugar imaginabas para ti en ese movimiento? ¿Qué planeabas hacer? ¿Estabas pensando en escribir?

Quería comprender lo suficiente para ser capaz de trabajar la teoría. Porque, vos sabés, yo todavía era una profesional autodidacta. Todo lo que sé sobre feminismo me lo he enseñado yo misma. Desde los quince años he leído cualquier cosa y todo aquello de lo que pude echar mano. Y siento que es tiempo de lograr algún tipo de síntesis. Mi vida, mis descubrimientos, han sido interesantes, pero quiero ser capaz de formular algo que vaya más allá del puro testimonio. Siento que necesito algún tipo de metodología con la cual pueda teorizar sobre lo que he experimentado y pasar a un nivel de consciencia superior.

Como intelectual, creo que mi papel es tratar de alcanzar una síntesis que nos permita renovar nuestra práctica. Necesitamos encontrar una salida al callejón sin salida al que nos llevó la izquierda, el callejón sin salida de la revolución, aún el callejón sin salida del feminismo. Aquí en Nicaragua ya chocamos contra todas esas paredes. Pero yo creo que precisamente porque yo he vivido ésta revolución como mujer, con mis desventajas particulares - y me he quedado en la refriega, no le he dado la espalda y no le voy a dar la espalda - precisamente por todo eso, tengo algunas ideas sobre cómo podemos romper esas dicotomías, cómo podemos buscar una visión más integral, más total. Necesitamos encontrar una propuesta alternativa para cambiar la sociedad.

Así que esos eran mis planes. Quería poder invertir el tiempo necesario en mí misma para poder buscar otros caminos, repasar todo lo que habíamos experimentado y trabajar con otras mujeres hacia algún tipo de síntesis que fuera útil. Puede no ser un producto terminado; pero podría ser una primera síntesis, importante, de lo que hemos hecho aquí. No me avergüenzo de nada de ello.

De hecho, estamos en proceso de reunir un colectivo de mujeres. Lo estamos llamando Colectivo Feminista La Malinche. Lo consideramos un pequeño grupo de pensamiento feminista que continúan luchando, porque realmente no tenemos interés en las mujeres que se rindieron. Queremos hablar y luchar y trabajar con mujeres que están en esto para un largo trayecto; mujeres que tienen algo que dar, que están dispuestas y son capaces de construir una fuerza feminista organizada; mujeres que quieran articular una propuesta de utopía que sea viable, trabajable - una propuesta dirigida por mujeres, pero que los hombres también puedan utilizar.
Yo sé lo ambicioso que es esto. Pero ya hay un grupo de nosotras involucradas: las dos mujeres Blandón, Gioconda Belli, Olguita (Espinoza), yo misma. Y hay una mujer mexicana, Lilliam Levi; con ella somos seis. Estamos hablando con una mujer en Australia. Bueno, todavía estamos en la etapa de planificación. Muchas de nosotras hemos estado luchando durante algún tiempo, en el campo, en las ciudades. Nadie puede acusarnos de no estar involucradas activamente. Hemos estado en los partidos políticos, hemos sido activistas, nos hemos manifestado, lo que querrás. Pero creo que a éstas alturas de la lucha hay suficientes mujeres pidiéndole al gobierno o peleando con el partido. Tiene que haber un pequeño grupo de mujeres que se dediquen simplemente al análisis.

Aquí en Nicaragua, al menos en lo que concierne al sandinismo, pensar lo han hecho siempre los hombres. Había nueve dirigentes varones que se impusieron a sí mismos pensar por todos los demás. Es hora de que las mujeres aprendamos a pensar por nosotras mismas. Por supuesto, ya hay un montón de instancias donde las mujeres dirigen grupos de pensamiento importantes. Pero necesitamos crear un espacio donde poder discutir éstos asuntos particulares, políticamente, seriamente, donde podamos desarrollar nuestras propias investigaciones, lanzar nuestras ideas.

Me pregunto, dentro del mismo FSLN ¿ha habido algún análisis real del hecho de que el modelo que usaron puso a nueve hombres en la cima de la pirámide?

Sí, ha habido alguna discusión y análisis sobre eso. Pero seguimos esperando un proceso verdaderamente crítico; lo que ha ocurrido hasta ahora ha sido bastante superficial. Yo al menos no estoy satisfecha del nivel de discusión a lo interno del partido. Las discusiones más interesantes han surgido fuera de las estructuras del partido, entre individuos particulares, alrededor de temas específicos. Y, vos sabés, Margaret, no es un problema de que los miembros del partido no estén dispuestos y aún ansiosos de hablar. Pero se necesita una ruptura tremenda para superar el viejo modelo. Necesitamos un viraje total en la consciencia y entre los sandinistas hay algunos más capaces de hacer eso que otros.
Creo que ha habido tres respuestas básicas a la derrota. Hay aquellos a quienes yo llamo los "dinosaurios" que dicen, "Tenemos que regresar a aquella edad de oro cuando todos éramos simplemente combatientes guerrilleros puros, ’los muchachos´". Eso ni siquiera es posible. Después está el otro extremo: aquellos que dicen, "La revolución se terminó. No hay nada que hacer. Todo fue para nada y estoy harto." Están tratando de preservar lo que pueden de su vida, cada quién a cuidar de sí mismo y al diablo con los demás. Pero el grueso de la población está en algún lugar intermedio. Esos son los que realmente están tratando de averiguar qué falló y qué hacer al respecto. Y creo que ese grupo es el más sano, porque todavía están viendo hacia el futuro. Tenemos una visión más sana, más realista. Si de alguna cosa estoy absolutamente segura, sin embargo, es que el viejo liderazgo está exhausto, en todo sentido.

Sofía, cuando hablas de democratización y feminismo, ¿ves alguna relación entre ambos?

Por supuesto que sí. La esencia del feminismo es su carácter democratizador; el feminismo promueve tanto una democratización general como radical. Así que si el espíritu feminista fuera asumido por un movimiento revolucionario tan amplio como es el sandinismo, sería totalmente extraordinario. Por eso yo no me voy a aislar del FSLN. Quiero decir, a pesar del hecho de que ya no soy miembro en el sentido formal; esa fue su decisión, no la mía. Y en lo que a mí me concierne, el momento exacto de ofrecer una alternativa es ahora - durante la presente crisis. Necesitamos estar diciendo, "Vean ésta mierda, el modelo de izquierda no funcionó. La única ideología que queda en pié en el mundo de hoy es el feminismo."

Porque, vos sabés, las feministas han sido críticas del socialismo que hemos conocido y de la izquierda desde hace treinta años o más. Y los socialistas y la izquierda nunca prestaron atención a esas críticas. Ahora que tantas cosas se han derrumbado, me parece a mí que la propuesta feminista debe ser vista como mucho más coherente. Y también es más coherente en ella y para con ella que nunca antes. Y tiene un potencial aún mayor, enormes posibilidades de emerger porque - entre otras razones - no hay nada más.

Adonde quiera que voy, hablo de eso. Y a nivel de base, entre las mujeres y hombres que están en la base sandinista y aún a algunos niveles intermedios, hay mucha más apertura de la que había antes. La gente se ha vuelto más humilde con la derrota. Por eso organizamos esa gran reunión de mujeres en enero, para enseñarle a la gente que éramos muchas más de lo que se imaginan; está pasando algo que la mayoría de la gente no sospecha siquiera.

Quiero oír de esa reunión. Pero, primero, cuéntame de PIE. ¿De que se trata eso?

Realmente, PIE empezó siendo una broma. A veces ni siquiera nosotras las mujeres nos tomamos tan en serio lo que decimos o hacemos. Alrededor de 1987, estábamos agudamente conscientes de que casi no contábamos para nada - quiero decir, en el sentido de que las mujeres con verdadero poder éramos una minoría tan pequeña a lo interno del Partido. Sabíamos que podíamos callarnos o involucrarnos en una confrontación tremenda: esas eran las dos opciones obvias. Pero desarrollamos una tercera, una forma de poner algunos de éstos temas en agenda sin tener que romper realmente con la revolución. Sabíamos que necesitábamos un poco más de estrategia de cabildeo - una técnica de cabildeo, si querés - porque si optábamos por la confrontación, seguramente perderíamos.

Empezamos a hablar entre nosotras. Ivonne Siu era parte del grupo, junto con Malena de Montis, Gioconda Belli, Ileana Rodríguez, Olguita Espinoza, María Lourdes Bolaños, Ana Criquillón, Vilma Castillo, Milú Vargas, Alba Palacios, y yo. Empezamos con llamadas telefónicas cada vez que pasaba algo y empezamos a coordinar algunas acciones desde donde quiera que estaba cada una de nosotras. Habíamos tocado un tema en particular. Yo escribiría un artículo para Barricada, quizás Gioconda podía hablar con Henry Ruiz, Milú podía introducir alguna idea en la Asamblea. Todo era muy libre.

Eso era el tipo de cosas que estábamos haciendo cuando supimos de la reunión feminista en Taxco, México. De Nicaragua fuimos cuarenta y cuatro; fuimos todas las miembros de PIE. AMNLAE tenía su delegación, Benigna Mendiola y otras. Y luego estaba éste grupo de "mujeres locas" - nosotras - que habían viajado por separado, porque sabíamos que AMNLAE no nos llevaría consigo. Y cuando vimos las caras de todas esas mujeres, mujeres de toda Latinoamérica y mujeres de Centroamérica allí en vivo, ¡empezamos virtualmente a alucinar!

La reunión mexicana fue importante. De regreso a casa hablamos mucho entre nosotras. Recuerdo que las grandes divisiones en la reunión se dieron entre las feministas más intelectuales de México y de otros países donde hay una tradición feminista más antigua, y las mujeres políticas como nosotras que estábamos involucradas con la izquierda o que de alguna manera éramos doblemente militantes: como feministas y en los partidos políticos o en los movimientos populares.

En México, las mujeres políticas pusimos la guerra en la agenda de la reunión: la mujer y la guerra. Esa era nuestra vida entonces. Necesitábamos ver eso. Y también demandábamos que el feminismo fuera abordado como un movimiento de masas. Nuestro sentir era que mientras nos quedáramos como un pequeño grupo de intelectuales aisladas, no seríamos capaces de hacer ninguna diferencia. Necesitábamos insertarnos en la corriente principal de la lucha.

Nuestra posición era que hay países cuyas características proveen un contexto natural para que el feminismo eche raíces pero que se establece una división falsa que tiende a separar a las mujeres intelectuales de las masas femeninas. Al menos esa era mi posición. Yo creo que esa separación es una cosa terrible. Como pueblos, ¡nos cuesta tanto producir nuestros intelectuales! Y luego somos nosotras mismas, las intelectuales, las que nos aislamos.; y otras veces las masas nos descartan como si no pudiéramos trabajar a favor de ellas. Nuestra posición era que teníamos que reunir cabeza y manos, cuerpo y cerebro.

Ese era parte del debate. Otro tema fue el hecho de que, sí, queríamos el poder. ¡Yo no sé quién corrió el rumor de que las feministas no quieren poder! Hicimos un documento que reventaba diez mitos sobre el feminismo y una cosa que enfatizamos allí es que era importante que las mujeres pudieran adquirir una cuota de poder, que teníamos que luchar por el poder, independientemente de la arena. Esa experiencia de México fue como una catarsis para nosotras. Regresamos a Nicaragua sintiéndonos mucho más fuertes.

Al regreso, unas veinte de las cuarenta y cuatro que habíamos ido decidimos organizarnos más formalmente. Todavía éramos medio clandestinas y seguíamos funcionando como una especie de cabildo; pero para entonces nos habíamos convertido en un cabildo mucho más articulado. Fue Gioconda la que tuvo la idea del nombre, Partido de la Izquierda Erótica. Era un verso de un poema, creo que de una poeta guatemalteca, pero no recuerdo su nombre.

Me pregunto si alguna de ustedes habían leído el ensayo de Audre Lorde sobre el poder de lo erótico?

Fue sólo una idea que tuvimos. Y alguien siempre preguntaba por qué no nos habíamos definido como un partido sensual, por qué "erótico" en vez de "sensual?" Explicábamos que se refería a Eros - relacionado a la vida, al amor. Queríamos erotizar la sociedad porque se había vuelto tan violenta. Y nos identificábamos con la izquierda porque proponíamos una transformación radical y revolucionaria de la sociedad.

Aunque no debo dejar de mencionar que de éste pequeño movimiento nuestro ha surgido un trabajo muy concreto: una cantidad de centros de investigación para principiantes y una revista. Mi propia Gente fue uno de los subproductos. Lourdes Bolaños fundó Ixchen. Vilma Castillo y Ana Criquillón fundaron Puntos de Encuentro, que publica el boletín del mismo nombre. Milú Vargas diseñó su Centro de Derechos Constitucionales a partir del centro que lleva el mismo nombre en Nueva York. Malena de Montis fundó Cenzontle, que es un centro de investigación sobre la mujer. Estos centros han sembrado la semilla para gran cantidad de estudios y debates; han empujado a la gente a pensar y hablar y actuar. Y de una y otra forma, podemos rastrearlas hasta PIE.

¿Y que pasó en el evento de Enero?

Esa es una historia dual. En primer lugar, desde 1987 hasta 1989 nos las arreglamos para poner en movimiento nuestro movimiento de mujeres independiente. Cada una de nosotras tenía la capacidad de conseguir algún dinero por aquí, otra por allá, y los centros empezaron a funcionar. Al mismo tiempo, había ésta lucha con AMNLAE. Estábamos luchando en dos frentes: a lo interno del Partido y con la organización de mujeres sandinistas.

Durante casi todo éste período, Lea Guido dirigía AMNLAE a nivel nacional. Yo diría que su mandato marcó el período de mayor inclusión en la organización. Pero entonces Lea se enfermó y dejó el puesto vacante. Aunque siempre hubo cierta ambivalencia de su parte, porque mientras en privado se declaraba feminista, públicamente siempre fue "¡Dirección Nacional, ordene! ". En todo caso, Lea entendía la necesidad de renovar AMNLAE, de desarrollar una estructura más democrática; si eso no sucedía, la organización de iba a desmoronar.

A esas alturas, el movimiento de mujeres independientes se estaba volviendo bastante fuerte. AMNLAE era una organización que había sido concebida para ser subordinada a un partido político que controlaban los hombres. Y tenía una visión de clase peculiar, centrando su trabajo en las amas de casa, en las trabajadoras industriales y en las trabajadoras del campo. Para AMNLAE las mujeres profesionales, intelectuales y de la clase media no contaban, excepto en la medida en que podíamos ser utilizadas - la misma visión utilitaria típica de la izquierda en su conjunto. ¿Qué podían sacar de nosotras? ¿Cómo podían utilizarnos para hacer el trabajo, diseñar los programas, ayudarlas a organizarse?. Pero cuando demandábamos participación política, nos decían, "No, ustedes son unas intelectuales pequeño burguesas y no son representativas de las masas." Nosotras, las mujeres políticas, estábamos hartas de ése discurso.

Así que en vez de seguir discutiendo con el liderazgo de AMNLAE, pensamos que sería mejor ir donde estaban las mujeres de las distintas organizaciones mixtas que representaban a los distintos sectores sociales: las sindicalistas, las trabajadoras del campo, ganaderas, profesionales, artistas y todo lo demás. Milú Vargas era activista de CONAPRO, María Teresa Blandón, Alba Palacios y Olguita Espinoza eran activistas de la ATC. Fue en ésta época que las diferentes organizaciones sandinistas empezaron a construir importantes secretarías para la mujer. Y teníamos mujeres trabajando entre los maestros y los trabajadores del estado. Este trabajo ha tenido muchos resultados concretos, incluyendo la apertura de clínicas para la mujer, y ahora se da por un hecho que cualquier sindicato u organización mixta tiene una secretaría para la mujer.

El Frente podía ver lo que estaba pasando. Obviamente estábamos rompiendo con toda esa estructura piramidal que ellos habían construido. No estábamos satisfechas con AMNLAE, tal como había sido concebida, aunque algunas de nosotras seguíamos funcionando dentro de la organización; así que nos fuimos directamente donde las mujeres en las distintas áreas. Y como era obvio que queríamos un cambio - una estructura con representación sectorial y un liderazgo colectivo que fuera tanto horizontal como democrático - AMNLAE no se sintió muy feliz con ésta situación. Reemplazaron a Lea con Doris Tijerino, que venía directamente de la Policía.

Una vez más, las ansias populares fueron ahogadas. El FSLN se daba cuenta que estábamos adquiriendo poder en los diferentes sectores y en la comisión de la mujer dentro de la Asamblea Nacional. Y a esas alturas la gran preocupación era el proceso electoral: "No podemos hacer nada que distraiga la atención de la gente de las elecciones", decían. Y, por supuesto, también las mujeres tenían diferentes niveles de conciencia; en los sindicatos y especialmente entre las trabajadoras del campo, algunas de las dirigentes mujeres empezaron a sentirse culpables. ¿Y si realmente estaban dividiendo el movimiento? Doris rehusó absolutamente entrar a discutir sobre nada de ésto hasta después de que hubieran pasado las elecciones, y así estaban las cosas cuando perdimos en febrero de 1990.

Después de la derrota electoral, las mujeres fuimos las primeras en reaccionar. Dijimos, "Bueno, perdimos las elecciones, pero ahora vamos a discutir el rol de las mujeres." Doris había salido electa diputada ante la Asamblea Nacional y su movida fue convocar a una asamblea de AMNLAE para poder entregarle la organización a alguien más. Yo pienso que ella, para empezar, nunca quiso ése trabajo. El FSLN pensó que un proceso electoral democrático podía ayudarle a la institución. Pero la membresía de Managua se opuso; o, mejor dicho, nosotros, en PIE, nos opusimos.

Lo que hicieron fue llamar a una reunión. Doris Tijerino y Mónica Baltodano enviaron las invitaciones. Decían que habría una elección y que ahora sí podíamos hablar de un cambio. Pero nosotras dijimos, "Esperen un momento... ". Sabíamos de que clase de autonomía estaban hablando. A esas alturas, la autonomía significaba, "Ustedes las mujeres hagan lo que quieran, pero no cuenten con nuestro apoyo porque ahora el Partido está quebrado; no hay dinero." Les dijimos que lo que queríamos era una discusión democrática, desde la base. Ya habíamos trabajado demasiado por nuestra propia cuenta para simplemente aceptar el viejo modelo masculino otra vez. Ni siquiera sabíamos si lo que queríamos era una elección, dentro de la misma estructura. Nos parecía que antes había que dar respuesta a otras preguntas: ¿qué clase de movimiento necesitábamos?, ¿para qué lo queríamos?; ¿y quién debería de formar parte de él?. Primero queríamos un poco de crítica y análisis. Y estábamos particularmente alarmadas porque estaba claro que en las elecciones el voto de las mujeres había sido contra el FSLN.

Fuimos las únicas que realmente llevamos una propuesta a esa reunión convocada por AMNLAE. La habíamos cocinado rápidamente en casa de Milú, unas noches antes. Pero la aireamos allí en esa asamblea y propusimos que se nombrara un comité ad-hoc para analizar el movimiento de la mujer y para descifrar qué tipo de movimiento necesitábamos ahora las mujeres, en ésta nueva situación, desde el punto de vista de la oposición.

Todo el mundo estuvo de acuerdo. Casi todas levantaron la mano para ofrecerse como voluntarias para ése comité. Reunimos al Comité. Hicimos nuestro análisis. Nuestra propuesta se llamaba "Proyecto para el Relanzamiento del Movimiento de la Mujer en Nicaragua." Trabajamos en esto todo el año 1990, y terminamos con una serie de propuestas que incluían dejar pendiente el proceso electoral de AMNLAE y citar a las mujeres para abordar las preocupaciones básicas que todas teníamos. Pusimos a prueba nuestras propuestas con un grupo de cincuenta mujeres y allí quedó claro que se necesitaba una discusión a nivel nacional.

Trabajamos duro y todo fue trabajo voluntario. Estábamos en todas partes. Pero las opiniones que recibíamos del montón de mujeres asustaron a la dirigencia de AMNLAE. Se daban cuenta que las mujeres querían acabar con toda la estructura piramidal. Queríamos una democracia real, un movimiento que fuera realmente autónomo. Les dio miedo. Así que, después de permitir que todo éste proceso continuara - ¡y para muchas de nosotras esto concluyó cinco años después! - simplemente lo dejaron enfriar. Gladys Báez fue designada por el Partido para ocupar el lugar de Doris. Y ella nos dijo todo lo que se podía decir: lesbianas, prostitutas, feministas, agentes de la CIA, contrarevolucionarias, lo que se te ocurra. Hasta revivió la vieja acusación de que estábamos tratando de dividir al FSLN.

Nos dimos cuenta que no había forma de que pudiéramos seguir luchando a lo interno de AMNLAE, así que rehusamos seguir haciéndolo. Rompimos con la organización. Escribimos artículos, hicimos público todo el desastre, porque ya habíamos soportado demasiado el hecho de ser usadas y burladas. Yo publiqué todo éste proceso en Gente. Y la dirigencia masculina del FSLN, en su cobarde sabiduría, se lavó las manos en todo éste asunto. Cuando la dirigencia de AMNLAE fue a la Dirección Nacional a pedirle que nos pusiera en nuestro lugar, los dirigentes respondieron, " Querían autonomía. Manéjenla. No vamos a tomar partido."

Así que esa es la historia de la división. Pero nosotras todavía sabíamos lo que queríamos hacer y sabíamos que no íbamos a poder contar con AMNLAE para hacerlo juntas. Así que decidimos hacerlo solas. Continuamos el proceso que habíamos iniciado, de discutir a todos los niveles y con los diferentes sectores. Ese grupo de diez mujeres que habían conformado el comité ad-hoc, comenzó a contactar a otras mujeres, y simplemente seguimos adelante. Nos tomó todo 1990 y todo 1991, y en enero de 1992 finalmente tuvimos nuestra actividad a nivel nacional.

El objetivo de ésa reunión de enero para nosotras era presentar nuestro mensaje general y nuestros puntos de acuerdo, y decidir sobre una agenda capaz de dar respuesta a las necesidades de la mujer nicaragüense en ése momento. Queríamos trabajar en las prioridades más urgentes, así que organizamos el encuentro por temas: economía, violencia, sexualidad. Esas eran las tres principales preocupaciones con que nos habíamos encontrado en todas las discusiones con las mujeres, en la base.

AMNLAE hizo todo lo posible por boicotear el evento. Al principio, trató de evitar que sus miembros asistieran, pero muchas asistieron individualmente. Y lo más importante fue que fuimos capaces de sostener una conferencia semejante completamente fuera del Partido, sin patrocinio del gobierno, sin apoyo directo de los sindicatos u otras organizaciones mixtas. Fue algo extraordinario: ¡asistieron más de 800 mujeres! Y cuando las mujeres de AMNLAE se dieron cuenta que esto iba a ocurrir, con o sin ellas, decidieron enviar una delegación. Se componía de unas cincuenta mujeres; Marta Cranshaw era más o menos la vocera.

Deliberadamente, no empezamos la reunión con documentos pre-escritos. Queríamos que ésto fuera diferente. Teníamos una serie de preguntas y esperábamos que a través de una discusión genuina, del debate, vendrían las respuestas que necesitábamos. Hasta cierto punto, el boicot de AMNLAE tuvo éxito. Porque la segunda pregunta de la agenda fue, ¿"Cómo nos organizamos?" y las mujeres de AMNLAE pelearon fuertemente contra la discusión sobre ésa pregunta. También lanzaron rumores diciendo que lo que realmente queríamos era solamente otra organización de la cual nosotras seríamos las dirigentes. Dos organizaciones, decían, dividirían el movimiento de la mujer.

¡El movimiento ya estaba dividido! Pero nos habíamos comprometido a un proceso democrático. Si las mujeres no querían discutir ése punto, no íbamos a forzarlas a discutirlo. Y no lo hicimos. Así que la nueva forma de estructura organizacional en la que habíamos puesto nuestras esperanzas, no llegó a despegar. A cambio, formamos redes para continuar nuestro trabajo en distintas áreas: economía, violencia contra la mujer, sexualidad, educación, salud.

En Marzo de 1992 fuimos anfitrionas de una reunión feminista centroamericana, en el complejo turístico de Montelimar, y asistieron unas cien feministas nicaragüenses. Hace algunos años, hubiéramos podido contar con los dedos de la mano a las mujeres nicaragüenses que se llamaran a sí mismas feministas; quizás seríamos unas cuatro. Ahora hay al menos cien. Así que soy optimista. El feminismo ha crecido en éste país. Y es un feminismo que abarca desde la variedad del peso liviano hasta llegar a aquellas de nosotras que entendemos que aquí la miseria no va a desaparecer, la pobreza no va a desaparecer, nuestra lucha no va a desaparecer y que se necesita un grupo que esté comprometido a pensar sobre éstos temas desde una perspectiva feminista. Si sólo hay cuatro de nosotras hoy, pues con eso vamos a empezar, y veremos quienes se unen en el camino.