Margaret Randall
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Ediciones de Medianoche, Instituto Zacatecano de Cultura, 2011

Testigo de Piedra

Translation by Maria Vazquez Valdez

Sunday 22 May 2011, by Margaret Randall

Prefacio

Testigo de piedra nació en Kiet Seel, una ruina de nuestros ancestros pueblo ubicada en la parte norte del estado de Arizona cerca de la frontera con Utah. Se encuentra bajo la jurisdicción del Navajo National Monument y la maneja el Servicio Nacional de Parques y la Nación Navajo. Cada año, desde fines de mayo hasta los primeros días de septiembre, el parque permite que veinte personas caminen diariamente las 18 millas de ida y vuelta, y que de cinco en cinco entren en la ruina acompañadas por un guía. Antes de que realizara esta caminata, y después, los sitios antiguos me han hecho ahondarme en mí misma, revelando conexiones a menudo ocultas por debajo del ritmo y la distracción de lo que solimos llamar progreso. Lugar —no sólo los lugares discretos de origen, lenguaje, creencia, niñez, comunidad, paisaje, y cultura, sino la misma tierra como hábitat capaz de sostener la vida— se encuentra amenazado hoy como nunca antes. Esta amenaza no es pasiva; nosotros somos quienes la hemos puesto en peligro, quienes abusamos de ella, la destruimos. Hoy en día la codicia a corto plazo triunfa sobre una visión abarcadora: el combustible fósil ataca un medio ambiente predecible, la capa de ozono se deshace, el hielo polar se derrite, y en el año 2005 la temperatura de la tierra subió entre tres y cuatro grados farenheit —el incremento más grande desde hace 400 o posiblemente 2000 años. La nuestra es la era del asesinato de las semillas ancestrales y de la alteración genética de lo que comemos. Nuestras actitudes colectivas hacia los desastres naturales y los que son provocados por el ser humano son extrañamente distintas, como si ambos no afectasen sobre todo a los más empobrecidos. Este libro comenzó siendo una meditación sobre un sitio específico, pronto se extendió a otros lugares importantes en mi vida, y finalmente a esa cosa que se llama Tierra, que debemos salvar si no queremos perecer con ella.

Margaret Randall Albuquerque, Nuevo México, Verano de 2010

Testigo de Piedra en español

La idea de traducir este libro nació a finales de 2006, cuando se publicó el primer poemario de Margaret Randall traducido al español en México: Dentro de otro tiempo. Reflejos del Gran Cañón (Alforja-Conaculta). Ese proyecto —que traduje también— culminó con un viaje al Gran Cañón que realizamos juntas Margaret, su compañera Barbara Byers (autora de las ilustraciones de aquel libro) y yo en 2007. En ese recorrido viajamos desde Nuevo México hasta las escarpadas hondonadas de Arizona, y visitamos los sitios antiguos de Wupatki y las construcciones de la prodigiosa Mary Colter. La traducción de Stones Witness fue el devenir natural de esos recorridos. Estas páginas están pobladas del conocimiento que impregna sitios antiguos lo mismo de Estados Unidos que de países asiáticos, México o Sudamérica. Es también el resultado de un intercambio de información y experiencias profundamente enriquecedor con Margaret, y que ha dado lugar ya a varias ideas que han derivado en frutos como Testigo de piedra. A pesar de su larga trayectoria de vida en México y en otros países de Latinoamérica, la obra de Margaret Randall no ha sido lo suficientemente traducida ni divulgada. Por ello este nuevo libro se suma a esa intención por dar a conocer su obra, vasta en contenido y profundidad. Una intención que, gracias a la generosidad y entrañable lucidez de Margaret, continuará acercando su voz a estos contextos.

 María Vázquez Valdez Ciudad de México, Verano de 2010

Memoria de Samotracia

1.

La niña pequeña, con un abrigo azul marino de cuello blanco estilo Peter Pan, va de la mano de su abuelo cuando cruzan la entrada principal del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Ya dentro del edificio podrá soltarse e ir hacia las muchas atracciones que la apasionan. Mientras permanezcas a la vista, dice él. La niña tiene seis o siete años; le llevo seis décadas. El abuelo, que ya tiene más de cuarenta de muerto, me llevaba a menudo al gran museo. Después de un par de horas en las salas de exposición, íbamos por malteadas a la cafetería, o por ostras en su media concha flotando en jugo de limón a una barra de mariscos cercana. Recuerdo estas excursiones con toda la emoción de una pequeña que descubre las maravillas de otras culturas, del arte.

2.

Como niña en el Metropolitano, amaba especialmente el ala egipcia: el rey con la máscara de oro en su sarcófago que se va estrechando hacia los pies. Líneas de figuras irresistibles implicadas en todas las actividades diversas de la vida, siempre representadas de perfil. El gesto magnífico del rostro cincelado de la reina Nefertiti, su mentón levantado levemente en la que puede haber sido mi imagen más temprana de la dignidad femenina. En la Sala del Renacimiento me atrapó la Copa Cellini: un recipiente pequeño de oro y joyas, muy adornado y con forma de concha, que alguna vez contuviera sal en la mesa de la monarquía. El poder de príncipes y princesas para embelesar a los jóvenes.

Mi primer cuento narrado a mano, cuando aprendí a escribir, era acerca de robar exitosamente esta copa de una vitrina cerrada. Pero el impacto más grande durante esas visitas ocurrió justo un momento después de cruzar las vastas puertas principales del museo. Recuerdo y anticipo su repetición. Mirando hacia delante y hacia arriba, vislumbré la figura de la Victoria de Samotracia, la famosa Victoria Alada de la Grecia Helénica.

Tuve que estirar el cuello y levantar mi rostro para admirar su postura majestuosa: esta mujer con cuerpo poderoso de mármol drapeado reveló cada uno de sus músculos y sus curvas. Aun sin brazos, sin cabeza, era hermosa. Más que hermosa, me habló de fuerza: poder y posibilidad. Tal vez ella fue mi primer amor por una mujer, el presentimiento más temprano de mi posterior ser lésbico. Cualquier cosa que la Victoria de Samotracia haya sido para mí entonces, su figura imponente está ligada inextricablemente a esas visitas al Metropolitano cuando era niña.

O tal es la historia que me había acompañado todos estos años.

3.

En marzo de 2004 reservé un día en Nueva York para el Museo Metropolitano. Había regresado muchas veces desde esas visitas en la niñez, pero nunca sola ni con tiempo de vagar libremente, recuperando la experiencia del pasado y preguntando hacia dónde la curiosidad y el gusto guiarían a la mujer que soy ahora. Ya no era la colección egipcia mi interés primario. Las esculturas europeas de terracota del siglo XVIII capturaron mi visión. Y el arte precolombino que he conocido en su sitio original. Los Impresionistas. Van Gogh y Gauguin. Jarrones griegos. Y una satisfacción íntima cuando vi que varios de mis amigos pintores de los años cincuenta ahora exponen su obra en esta institución venerable.

En aquel entonces, pobres y hambrientos de arte, caminábamos hacia la parte norte de la isla desde nuestros estudios y departamentos sin agua caliente, ubicados en el lado sureste de la ciudad, hasta el museo; pocos se atrevieron a soñar que serían incluidos en esos muros. Ahora estos momentos yendo de un ala a otra fueron generosos, deliciosos. Pero una sola ausencia lentamente se volvió un vacío. ¿Dónde estaba la Victoria de Samotracia, esa mujer que amé como niña y cuya imagen llevé en mí todos estos años?

Todas las respuestas fueron insatisfactorias. En el módulo de información no tenían la menor idea de qué estaba hablando; alguien finalmente me dio un folleto gratis: “Si lo tenemos, lo encontrará aquí”. Me acerqué a un guardia de edad avanzada, pensando que seguramente él recordaría a la mujer magnífica en lo alto de la escalinata. Me dijo que había trabajado en el museo durante 46 años y ninguna estatua estuvo nunca donde yo señalaba tan insistentemente. Los museos cambian sus exhibiciones, pero yo no podía imaginarme que éste trasladara cuatro toneladas de mármol a alguna cámara del sótano. Entre más pensaba en mi estatua desaparecida, más contrariada y desorientada me sentía.

4.

Con más de setenta años he adquirido el hábito de examinar casi diario y con detenimiento los obituarios del New York Times. Ahora el Internet lo hace más fácil. Las más de las veces, un amigo o conocido aparece. Así es como encontré el 16 de octubre de 2004, una nota necrológica para “Phyllis William Lehmann, de 91 años, la Arqueóloga de Samotracia”. No el amigo o el conocido, pero sí la mención de Samotracia.

“La doctora Lehmann era una autoridad acerca de los monumentos y la arquitectura de Samotracia, una remota isla montañosa en el norte del Egeo. La isla era considerada crucial en el desarrollo del arte y la arquitectura del periodo Helénico, que duró desde la muerte de Alejandro Magno en el año 323 a.C. hasta la mitad del primer siglo a.C. Samotracia era el centro de uno de los cultos de misterio más famosos de la Grecia antigua; sus rituales se practicaban en los edificios imponentes conocidos como el Santuario de los Grandes Dioses…”

El artículo era sobre las ruinas de Samotracia y acerca del trabajo de la doctora Lehmann ahí, y finalmente, como suelen hacer los obituarios, se refería a la mujer misma y a sus extensos logros. Trabajando en Samotracia en 1949, Phyllis Lehmann hizo uno de los descubrimientos más importantes: una alta estatua de mármol de Nike, la diosa de la victoria, que data del siglo II a.C. Para situar el descubrimiento, el periodista del Times mencionaba que esta era la tercera Victoria encontrada en el lugar. Lehmann dejó su descubrimiento en esa tierra, que ahora reside en el museo del sitio de Samotracia. La segunda, una copia romana, fue descubierta en la década de 1870 por arqueólogos austriacos, y reclamada por Viena. Pero la primera fue encontrada por el arqueólogo francés Charles Champoiseau en 1863. Él la llevó, con el espíritu del botín colonialista, de regreso a París, “donde saluda a visitantes del Louvre desde la cima de una escalera imponente…”

El fino mármol utilizado en estas Nikes y en otras estatuas del Egeo y más allá vino de la isla de Paros en Las Cícladas. El mármol de Paros viajando de las canteras a las manos apasionadas de los escultores, desde Samotracia a París, desde el culto antiguo a mi corazón latiendo aceleradamente.

Mi estatua. Mi escalera. Y así se resolvió el misterio. Nunca vi a la Victoria Alada en el Metropolitano de Nueva York, y no era una niña pequeña. Debo haber tenido una visión dramática de ella en mi visita a París cuando era joven. Tenía 17 años cuando acompañé a mis padres al Louvre. El recuerdo vívido del dolor en el cuello por tener que levantar hacia arriba mi rostro de niña para mirar por encima de esos escalones de mármol a la mujer de cuerpo decidido, no era, a fin de cuentas, absoluto. ¿Pero cómo hicieron las células de mi cuerpo el cambio? ¿Cómo se volvió este recuerdo una parte tan importante en mi viaje? ¿Cómo 17 llegaron a ser seis o siete? ¿Cómo el tiempo lineal se volvió tan no lineal en mi convicción?

5.

Los sitios arqueológicos me han sumergido en su silencio y misterio. Me atrapan cuando me paro entre muros medio destruidos que estuvieron habitados hace ochocientos o dos mil años. Mis manos se alargan para acariciar un pedazo de alfarería rota, y soy transportada imaginando quién la hizo y lo que pudo haber contenido. Cuando me paro en la cúspide azotada por los vientos de Sacsayhuamán, con las piernas abiertas hacia cada uno de los lados del ojo del puma, quiero saber lo que el inca experimentaba al mirar desde ese lugar sobre el sitio que era entonces y sigue siendo la ciudad de Cuzco.

Cuando camino por las sendas de la selva de Cobá y una familia maya surge de la espesa vegetación, imagino a la mujer y a sus niños como sus antepasados debieron ser. Cuando me paro en la orilla del nicho arenisco de Kiet Seel, volteo y miro hacia el piso, cañón abajo, y me imagino como un miembro de esa comunidad anasazi hace ocho siglos. ¿Me pregunté entonces qué yace más allá del riachuelo de plata? ¿Lo supe?

6.

No creo que el tiempo sea lineal. Prefiero una configuración circular o en espiral. Así que me pregunto: ¿por qué esta sacudida a la conciencia —este sentido de la memoria traslapada— cuando descubrí que no fue sino hasta que tuve 17 años, que encontré a la mujer de mármol que amé a los siete?

* Después de publicado este texto, recibí una comunicación de una lectora en Australia informándome que en los años de los cuales escribo, una réplica de la Victoria de Samotracia del Louvre estaba en expuesta en el Museo Metropolitano de Nueva York. Unos meses después, una curadora del mismo museo me confirmó el dato. De hecho mi memoria no me había traicionado. (N. de la A.)

Portfolio

Testigo de Piedra

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